Estamos tan acostumbrados a pensar que el niño que come de todo es el niño sano que cuando nos encontramos con un niño que come poco los padres (algunos) y el entorno se preocupa, porque el niño come poco y se considera que hay que hacer algo para que coma bien.

Como la mayoría de niños comen lo que necesitan, y no más, muchos profesionales de la salud decimos que tranquila, que ya comerá, que es normal que no coma mucho, que ha empezado con la alimentación complementaria hace poco (si hablamos de bebés) y que ningún animal se muere si tiene comida disponible. Pues bien, morirse no, pero hay ocasiones en que puede ser peligroso quedarse con el ya comerá y hay ocasiones en que sí hay que preocuparse, y lo digo por propia experiencia.

Y a los seis meses, empiezan a comer

Yo mismo era uno de los que lo decía: «Tranquila, ya comerá», «Que no se mueren de hambre, no te preocupes», y lo decía porque lo creía, y porque es cierto, los niños, tarde o temprano, acaban comiendo. El problema es que algunos niños, por alguna razón, tardan más en comer que otros, y algunos tardan mucho más.

A los seis meses, tras seis meses de lactancia exclusiva, o en su defecto, seis meses de lactancia artificial exclusiva, los niños empiezan a comer lo que les empezamos a ofrecer. Unos empiezan con comida triturada, otros se tiran al Baby Led Weaning y otros van comiendo de lo que les van metiendo en la boca, o sea, a la antigua.

El hecho de empezar hacia los seis meses es porque sobre esa edad los niños empiezan a estar preparados para comer (se mantienen sentados, coordinan el gesto de coger cosas y llevárselas a la boca y tienen mucha curiosidad por hacerlo), y en parte porque sobre esa edad algunos niños empiezan a necesitar otras cosas además de leche, y hablo sobre todo de los bebés cuyo cordón fue cortado de manera prematura al nacer, o sea, nada más nacer. Tal y como escribí hace un tiempo en Bebés y más, el corte del cordón debería demorarse al menos 2-3 minutos para que durante ese tiempo siga latiendo y se produzca el paso de más sangre de la placenta al bebé, aumentando así las reservas de hierro.

Niños que no comen ni lo uno ni lo otro

Cuando Aran cumplió seis meses (Aran es mi hijo mediano, que nació prematuro hacia las 34 semanas de gestación), o un poco más, empezamos a ponerle comida delante para que él mismo la cogiera y la comiera. Algo iba comiendo, pero bastante poco en general. Pasaban los días y las semanas, y oye, curiosidad tenía, porque lo cogía y se lo metía en la boca pero, o se atragantaba, o lo chupaba un poco y luego lo escupía. Viendo que no entraba apenas nada decidimos probar con el método tradicional (o al menos el que se utiliza desde que existe la batidora), a base de triturados. A ver si así al menos engullía algo. Nada, ni triturado, ni con tal o cual ingrediente, ni en trozos, ni p’aquí, ni p’allá.

Él tenía su tetica, que a eso nunca le decía que no, y mira, mientras lo intentábamos nos repetíamos el mantra del «ya comerá, tranquilos, será que es prematuro y le cuesta un poco más… ningún mamífero se muere de hambre,…». Y así pasaron las semanas y los meses. Unos días comía un poco, otros apenas nada, luego parecía que ya comía, pero pasaban unos días y dejaba de nuevo de hacerlo, y oye, lo veíamos activo, contento, feliz. Un niño risueño, que vale, que llegó al año y medio y aún no acababa de soltarse a andar, pero por lo demás un niño normal y corriente, a nuestros ojos.

En casa del herrero…

Que sí, que soy enfermero de pediatría y que esto tendría que haberlo visto, pero mira, tanto había oído eso del ya comerá, tan sanote lo veía, y tan normal me parecía que fuera un poco lento en el desarrollo psicomotor, habiendo sido prematuro, que le llegué a dar tanto tiempo como eso, año y medio, precisamente porque como digo, cada vez comía un poco más. Sin embargo, ya para entonces, el ver que no caminaba me empezó a preocupar, y el ver que comía algo, pero que ese algo era aún muy poco, me hizo decidir que «hasta aquí hemos llegado», que yo le quería hacer una analítica para ver cómo estaba de hierro.

Anemia no, lo siguiente

Anemia en el bebé

Y pasó lo que más temía, que Aran tenía una anemia que daba miedito. No habían acabado de analizar la sangre que llamaron desde el laboratorio para decir que la anemia era muy importante. Y la tenía por comer pocos alimentos ricos en hierro. O sea, si no metes hierro en el cuerpo, pues no tienes hierro suficiente, y a eso se le llama anemia. Si al no comer le sumamos que fue prematuro (hay más riesgo de anemia) y que le cortaron el cordón nada más salir, pues claro, pocos números tenía de librarse.

¿Y el pediatra?

El pediatra en las revisiones nunca nos dijo nada, porque como a nosotros no nos preocupaba nunca se lo comentamos. Si le hubiéramos dicho en su día «Oye, que come muy poco, pero muy poco», podría habernos dicho que «Ya comerá, tranquilos», como dicen muchos (y yo decía), o podría haber buscado una solución, o haber indagado más, pero ya digo, como lo veíamos algo normal pues nunca hicimos nada al respecto, hasta que finalmente nos preocupó, como digo, hacia el año y medio.

Entonces, al ver la analítica, nos recetó un suplemento de hierro que hizo que pronto empezara a andar y a mejorar en sus habilidades, e incluso que comiera un poco más (o eso nos parecía).

A ver, ¿come o no come?

Desde entonces ya no me fío. Muchos compañeros siguen dejando un poco de margen a los niños, porque «Ya comerán, démosles tiempo», pero yo ya no me fío. A los nueve meses vienen los padres con sus bebés a hacer una revisión y entonces ya les pregunto qué comen y cuánto. La mayoría come relativamente bien, o sea, unos comen mucho y otros comen poco pero van tragando lo que se meten en la boca, siendo cada vez más.

Sólo unos pocos bebés llegan a esa edad sin apenas probar bocado, y aquí es donde ya intervengo ofreciendo consejos para que les ofrezcan la comida de otra manera (muchas madres se emperran en el triturado y el niño no lo quiere ni ver, o viceversa) y les insto a que, si la cosa no mejora en unas pocas semanas, pidan hora con el pediatra para comentarlo.

Lo lógico, en caso de llegar a esas alturas sin probar apenas bocado (hablo literalmente) es hacer análisis de sangre y ver cómo está todo, y sobre todo el hierro. Sé que no es la mejor solución, porque lo ideal es que el niño simplemente coma, pero mientras tanto es el remedio: el pediatra receta hierro, el niño deja atrás la anemia, y a esperar a que coma.

Otra opción, dado que a nadie le hace gracia hacer analítica a los bebés (ni a los padres les gusta, ni a los profesionales nos emociona, y menos cuando cabe la posibilidad de que la anemia no exista), es ofrecer el hierro de manera preventiva. Porque es posible que algunos bebés no tengan anemia a los 8-9 meses, pero que de no empezar a comer cada vez más, la acaben padeciendo. En casos así, tal y como explica el Comité de Nutrición de la Asociación Española de Pediatría, podría ser buena idea dar un suplemento de hierro en dosis preventivas. Este suplemento se retira cuando el bebé ya come mejor, cuando llega a comer una cantidad de carne cercana a los 25-30 gramos diarios (como la tercera parte de un filete de pollo).

Ya digo, es poco habitual, me he encontrado con muy pocos bebés que de verdad rechacen prácticamente cualquier alimento, pero cuando los hay debemos mirarlos con más mimo. Es cierto, ya comerán, y no, no van a morirse (no mientras tengan el pecho, por ejemplo, o leche artificial), pero la salud de un bebé no tiene que pasar por el «no morir», sino por el poder crecer y desarrollarse de un modo normal.

Foto | Wonderma, deanwissing en Flickr


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